Destilar la magia


Érase una vez un reino de ensueño que le pidió a un pequeño aprendiz tres grandes retos:

a) Fichar a los mejores y hacerles felices. Fichar a delfines, no a tiburones.
b) Diseñar la mejor experiencia profesional de toda sus carreras
c) Destilar la magia de aquella compañía y pintar las paredes con ella.

Cuenta la leyenda, que de eso han pasado casi seis años y que lo que ha descubierto el aprendiz es que sabe todavía menos de lo que creía. Que las tormentas siempre son peores en nuestra mente que sobre nuestra piel. Que no existe la felicidad, sino ser feliz a cada momento. Que son mejores los que te hacen mejor. Que  el tiempo es tu mayor regalo y que debes darlo a quien lo aprecia como tal. Y que hay magias que no pueden destilarse.

No sé cómo destilar un abrazo por la mañana. Un te quiero, de corazón. Unas risas sin freno. Una mirada de complicidad que te dice "yo también lo estoy pensando". Un regalo inesperado. Un he pensado en ti. Un croissant con una nota de buenos días. Un ¿cómo estás? en ese momento. Decirte lo importante que eres para mí. Un gracias por tu trabajo. Un gracias por estar aquí.

No sé cómo destilar a un conjunto de buenas personas que han decidido permanecer juntas para jugar a construir algo más grande que todos ellos. Que han entendido que nadie es mejor que todos juntos. Gente que te ruboriza con su nivel de valores. Gente que es mejor que tu. 

No sé cómo destilar poder ser tú por primera vez. No hay fórmula que pueda resumir todo cuanto este aprendiz tiene en su mochila, cuando pasea por este reino de lo improbable. Por el reino del si no lo huelo no lo creo. 

Tantos cuentos escuchados durante otros tantos años y ver la diferencia a cuando uno vive en uno.

Y porque sí. Sí existe ese reino, si sabes verlo.  
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