La vida mártir



Vivir mal una compañía tiene que ser muy fastidiado. Mucho. 

Pensar que una compañía te está jodiendo como práctica deportiva me recuerda a aquello, ya famoso, de "el universo está cuatrocientos mil años buscando marrones y, cuando los encuentra, los concentra en el noroeste de Coruña para joder a Pepe" del genial Emilio Duró.

Cada vez que veo a un/a profesional joven, con buena formación y sólida experiencia profesional, renegar de manera habitual e improductiva de la empresa que le sustenta, no puedo dejar de pensar; ¿pero por qué continua aquí? ¿será que no lo quieren en ningún otro lado?. Y es que este tipo de personas son como las meigas: que haberlas, haylas.

Hablo de traficantes del rumor; de los yonkies de la conjetura; de los del soneto fácil; de los que visten su día a día de miseria emocional, mientras juegan entre las ruinas de la queja. Y es que, como dice el sabio, "lo que crees es lo que creas", aunque no lo creas; si bien parece que estos han dejado ya de creer y automáticamente de crecer, mientras se menguan.

Me refiero a los que sufren las compañías a gritos; a los fanáticos del altavoz, sobre los que recae siempre la duda de si tiene más morro o hemorroides; a los que se creen Dios, mientras se ponen el vestido de monaguillo del revés. Me refiero a los guerrilleros de lo tóxico que, inexorablemente,  acaban explicándole la injusticia ante el funcionario del SEPE, mientras le piden la prestación, curiosamente por no haberla prestado ellos anteriormente. Y, de nuevo, me viene Duró. 

En estos casos, la función de la compañía debe ser precisamente esta, la de acompañarles...a la puerta. Idealmente, a la puerta de la competencia, que allí seguro que están mejor, al menos para tu empresa. Debes ayudarles a ser felices...en otra compañía. Debes hacerles entender, que fuera se está estupendo y que por las tardes llueven nubes de golosinas fabricadas con pasión por líderes que les amarán por encima de todas las cosas. Y que no deben preocuparse, que no les vamos a echar de menos. Les echaremos de más.

 

Cosas que pasan y eso es lo que pasa



“No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa” dijo una vez Ortega y Gasset. Un clásico muy presente también hoy, si bien hay cosas que sí sabemos que pasan. Que me pasan a mí. Y que, probablemente, también te pasan a ti. A ver si acierto:

Pasa que he viajado hasta el punto que todo el mundo me suena y, a la vez, nada me es familiar. Pasa que la vida, que pasa, es una estable inestabilidad.

Pasa que todo es posible gracias a la estupidez humana. Y pasa que el reto será pensar por uno mismo en la era de las Redes Sociales, Wikipedia y fake news, la mayoría de ellas, fuck news. Pasa que “siempre” y “nunca” son palabras de juventud. Y que el nivel de estudios es directamente proporcional a tu número de “depende”.

Pasa que a la tierra hay que tenerle cariño, pero no apego. Nacer en un sitio no te confiere su propiedad. La tierra, de quien la trabaja. Y no, no es más tuya la tierra que mía, sea ésta cual sea. Y que, como una buena amiga me dijo una vez: “no te engañes, que aquí estamos de alquiler”. Y pasa que he aprendido a disfrutar del alquiler.

Pasa que buscar la felicidad es la mejor manera de no encontrarla. La encontré cuando dejé de buscarla. Pasa que ya no me extraño, porque he dejado de echarme de menos. Pasa que ya no necesito tener, por tener ya a quien necesito.

Tiempo atrás, cuando me preguntaba ¿qué cambiaría de mi pasado? No acertaba a encontrar nada. Creía que uno toma la mejor decisión en cada momento y en función de la información de qué dispone. Que si volviera, repetiría. Al final, nadie es tan gilipollas como para errar en una decisión a sabiendas!. Y lo que pasa es que hoy sí cambiaría cosas. Y que lo que pasa, pasa por admitírmelo.

Pasa que sabes que te has hecho mayor cuando valoras más una buena pregunta que una buena respuesta. Cuando confías más en los que dudan que en los que sentencian. Cuando entiendes que esto no va de ti.

Pasa que he aprendido a estar conmigo y no contra mí. A ser como soy. A buscar mi mejor original para desterrar la perfección de una réplica. Que he aprendido que no es lo mismo un café con amigos que amigos de café. Que siempre formas parte del problema, o de la solución...o del paisaje. Que no te puedes escapar.

Que es cierto lo que dicen: “si no eres el único o el mejor, lo único a que puedes aspirar es a ser el más barato”. Que si no sabes dónde estás, dejarás de estar. Y que intentar gustar a todo el mundo es una estrategia cojonuda para acabar no agradando a nadie.

Pasa que no es lo mismo Paciencia que Aguante. Sinceridad que Sincericidio. Moverse que Avanzar. Pasa que hay un mundo entre querer algo y comprometerse con ello. Y pasa que para encontrarte, a veces, necesitas primero perderte. Sentirte perdido es fundamental para poder encontrarte y que no hay viento bueno para el que no sabe adónde va.

Y pasa que te das cuenta de la importancia de cambiar el reloj por la brújula. Porque los años que tienes no son los que has pasado, sino los que te quedan por vivir.

¿Es sólo a mí, o también te pasa a ti?

El efecto Pili



En contra de lo que crees, hoy en día tenemos mucha más memoria que antes. Sí. En serio. Lo que pasa es que la tenemos de manera diferente a cómo normalmente la definimos. “Memoria es la capacidad de recordar”. “Es la capacidad que tiene la mente de acceder a una información determinada en un momento determinado”. “Es el conjunto de información que somos capaces de retener para hacerla accesible a lo largo de nuestra vida”. Si mantenemos esta definición tal cual, la discusión está servida.

Lo central siempre ha sido poder acceder a la información necesaria en el momento en que la necesitamos, no la vía a través de la que accedemos a esa información; lo que pasa es que hace años, si necesitábamos una información en un momento dado, o bien la tenías en tu cabeza o bien tenías que preguntarla a alguien o bien tirar de enciclopedia si estabas en casa y tenías una. De ahí la importancia que se daba en la educación de antes a aprenderte las cosas de memoria (incluso así, nunca vi la bondad de aprenderte los reyes Godos, la verdad).

Recuerdo una fantástica entrevista (que no he podido recuperar para poder compartirla, lo siento) en la que el titular era algo así como “cuando muere nuestra pareja, perdemos parte de nuestra memoria con ella”. Asombrado, devoré esa entrevista para darme cuenta de que, en realidad, hacía una referencia muy ingeniosa a la distribución asuntos que en cada pareja solemos tener asignados cada uno y a la información que, o sabe bien uno o se la sabe el otro, pero difícilmente los dos. Os pongo un ejemplo: mi amiga Pili me cuenta que ella se encarga de todo el tema del cole de sus hijos y, por tanto, que es ella quien tiene todos los teléfonos, e-mails, contactos y calendarios. Ella se encarga por completo. Tanto es así, que si algún día falleciera (Dios no lo quiera), su marido “perdería” toda esa parte de “memoria” de qué dispone actualmente la pareja (técnicamente, su pareja no perdería algo que nunca ha tenido, pero sí la perdería en términos de pareja). El marido de Pili es quien se encarga de los suministros, gestorías, etc. De ahí que, si falleciera él, la “pérdida” de toda esta información la sufriría mi amiga Pili.

Hoy en día, en plena era digital, el “efecto Pili” se multiplica. Nuestra memoria está más descentralizada que nunca. De otra manera sería imposible sobrevivir en estos tiempos de “infobesidad” (me encanta el término que le oí por primera vez al gran David Comí, fantástico formador que no deberíais perderos). Y cuando digo descentralizada, me refiero a que tenemos muchos repositorios digitales a los que podemos acceder si simplemente disponemos de conexión a Internet. “Droppox”; “Google Drive”; “Google Photos”; “Hotmail/Gmail/etc”; apps de notas digitales; apps de recordatorios (p.ej. “Wunderlist”, etc.) y un sinfín de alternativas que sustituyen o complementan la clásica libreta o el papel arrugado en el bolsillo cuando vas a comprar (las plataformas digitales de los hipermercados ya te guardan las listas de la compra).

Pero no solamente se han multiplicado los espacios en los que hoy guardamos la información. Una de las consecuencias de esto es que nuestra “memoria” también se ha multiplicado hasta límites insospechados. Hoy tienes acceso inmediato a gigabites y gigabites de información gracias a Internet y a la capacidad de estos nuevos repositorios de información. Por esto, una de las grandes ventajas es que nuestro cerebro ya no tiene por qué almacenar información a la que podemos acceder mediante pocos clics. ¿Y qué me dices de tu smartphone?. Mi admirado Luis Soares (otro imprescindible) se refiere a él para poner de relieve el maravilloso concepto de “Digital Cortex”. Este “segundo cerebro” digital en qué se ha convertido nuestro Smartphone ayuda a nuestro “cerebro analógico” a concentrarse en otros asuntos, a veces, hasta de mayor valor añadido :D. Déjame hacerte una pregunta: ¿Cuántos números de teléfono te sabes de memoria hoy y cuántos te sabías antes de tener un teléfono móvil?. Y está bien porque, volviendo a David Comí, “el cerebro está mejor diseñado para decidir que para almacenar información”. De hecho, somos muy malos recordando. Los que hemos estudiado con cierto interés el funcionamiento de la memoria, vemos que somos capaces de recordar con precisión una ínfima parte de la realidad, “rellenando” en inventando gran parte de la información que nos falta. Otra pregunta: ¿Has jugado nunca al juego del teléfono?

La bondad de la tecnología también está en mejorar nuestras capacidades. Tener acceso a mucha más información fidedigna y de manera inmediata mejora nuestra capacidad y, como digo, debe ser objeto de reflexión en las escuelas. De la misma manera y como ejemplo, la tecnología hará innecesario el estudio de idiomas. De hecho, en la escuela que ha creado Elon Musk (a la que va su hijo y otros pocos elegidos) no se enseñan idiomas, pues en pocos años todos dispondremos de un botón auricular que traducirá simultáneamente cualquier lengua que escuchemos. ¿Para qué tantos años para chapurrear mal una lengua?.

La tecnología mejora nuestras capacidades intelectuales. Nos hace más inteligentes. Tener una memoria extraordinaria y más rápida; capacidad para poder comunicarse con precisión en cualquier lengua o poder resolver cálculos de manera inmediata cuando, hace pocos años y sin tecnología eran impensables, son sólo algunos ejemplos (sin ir más lejos, el otro día, revisando uno de los famosos casos del IESE pude calcular amortizaciones de maquinaria, edificios, etc. y, por tanto, elaborar una cuenta de resultados si mayor problema. Sin un móvil con acceso a Internet, ni de broma).

Y es que todo parece positivo, aunque todas estas ventajas tienen un simpático “pero”: como no haya wifi o 3/4G estás muerto o, como mínimo, vas a parecer más tonto de lo habitual (y suerte tienes que la calculadora del móvil no necesita de Internet, que si no el drama sería máximo). Por esto, siempre hago coña (o no) pregonando que la inteligencia actual va ligada a que tengas acceso a Internet. No me digas que no tiene “guasa”. Que al final habrá que decirle a Gardner que añada Internet como la novena inteligencia (“La novena inteligencia”…ya me veo el libro en las estanterías del FNAC). ¿Serán habitantes de los pueblos sin conexión a 3/4G las próximas tribus subdesarrolladas? ¿Será la nueva frontera?

Y por hoy lo dejo aquí, porque no me funciona el corrector y me he quedado sin Internet, así que puedo empezar ha hazer faltas de ortografia lla mismo.