Triunfar (1:42)


"Lo más importante son las personas" es el mantra de moda. También es verdad que no me imagino a alguien diciendo "lo importante son los muebles" o "lo importante son los camiones". Tiene poco mérito decirlo, seamos claros. Y tiene menos credibilidad si va y te lo dice un tiburón vestido de gurú con poca pinta de predicar con el ejemplo a quien además, a los dos minutos, el subconsciente le traiciona y suelta que lo más importante es "estar on top" o "triunfar" de aquella manera en que uno lo dice y el resto lo decodificamos...

Triunfar. Triunfar...

Pues me ha dejado pensando, creedme. Triunfar. ¿Qué es triunfar?. Quizás más fácil sea empezar por explicar qué no es triunfar. Y, desde luego, para mí triunfar no es tener un puestazo en una empresaza trabajando horazas que cuentas con un relojazo, a la vez que llamas desde un súper restaurante a la súper nani para que te cuide a unos hijos maravillosos a los que no ves crecer. Creo que triunfar es, precisamente, no necesitar nada de todo esto. Triunfar es se acuerden de tu nombre, sin que tengas la necesidad de echar mano de tu tarjeta de visita para recitar un cargo de tres líneas. 

Triunfar es que te echen de menos. Y no que te echen de más. Triunfar es levantarte por la mañana y encontrarte tres mujeres en tu cama; que una te llame "cariño" y las otras dos: "papá". Triunfar es ganarte un "te quiero". Triunfar es hacerte una foto de familia en la que no quiera faltar nadie. Triunfar es que la gente nunca se acuerde de olvidarte, como el título del libro de Daniel Caneiro.

Y entonces me acuerdo de esta entrevista con el gran Ricardo Darín...me acuerdo del momento minuto y cuarenta y dos segundos y pienso que triunfar es también esto. Qué grande.


Caperucito y el niño de la calculadora

Resultado de imagen de niño calculadora
Érase una vez un niño cabrón llamado Caperucito, al que despidieron por bulling del colegio en el que, hasta entonces, todos sus ciegos profesores parecían estar encantados con su comportamiento, orientado a hacerles la pelota, mientras jodía de lo lindo y por deporte a compañeros de cursos inferiores.

Antes de que lo echaran, Caperucito recomendó a los profes que admitieran en prescolar a un niño con cara de angelito, pero tan cabrón como Caperucito, del que se había hecho amiguito. Caperucito y cara de angelito no paraban de repetirse, mientras se reían juntos, la frase de “entre psicópatas nos entendemos”, sin saber muy bien lo que significaba…en los demás. Y como a cara de angelito le gustaba siempre jugar con una calculadora, al final todos le conocían como el niño de la calculadora.

La cuestión es que, como pasó en su día con Caperucito, los profesores ciegos se encariñaron con el niño de la calculadora y confiaban en sus juegos matemáticos hasta el punto que algún profe incluso le preguntaba qué hacer para que el niño de la calculadora le diera una respuesta con su calculadora mágica. Incluso el director del colegio, éste ciego y sordo, llegó a mostrar devoción por el niño, creyéndose que tenía mucha habilidad, sin darse cuenta que la habilidad que sí tenía era la culpa – habilidad, o la habilidad innata para culpar a los demás para tratar de sobresalir, pues no era capaz de hacerlo de ninguna otra forma.

El niño de la calculadora se hizo famoso por sus cálculos, a pesar que desconocía las matemáticas de la emoción. Las matemáticas de la gestión de personas. Las matemáticas de la experiencia de todo aquello sobre lo que opinaba sin tener la más remota idea. Un peligroso gazpacho a base de vanidad, ignorancia, inseguridad, falta de inteligencia emocional y toxicidad a palés.

El niño de la calculadora se hizo famoso por ser la marioneta de Caperucito en el cole. Caperucito le decía qué hacer y cómo decirlo y él, sin más, se dedicaba a reproducir las órdenes de su amigo quien, en definitiva, lo había “colocado” en el cole donde acabaría creciendo y haciéndose mayor.

Su habilidad para dictaminar sobre temas sobre los que no tenía ninguna experiencia le valieron, ya de mayor, el apodo del “sexólogo virgen” y su conciencia de capacidad era inversamente proporcional a la confianza que generaba en los demás. Sólo le quedaba Caperucito, que siempre estaba ahí, aprovechándose de la ceguera de los demás, durante toda una carrera que empezaría como consultor y que acabaría en cliente final, siempre gracias a su calculadora mágica, con la que embaucaría a gente que no sabía calcular lo esencial, a pesar de tener pinta de cálculo (sí, no dudes, seguro que me has entendido).

Para el niño de la calculadora todo era reducible a dos decimales y las personas era sólo ese mal necesario para cuadrar el Excel. Y es que hay que ser muy plano para banalizar una actividad, reduciendo su análisis a sólo un cómputo de Excel. El rendimiento varía de una persona a otra y depende de lo que come; de lo que duerme; de cómo se siente física, psicológica y emocionalmente; del calor y la humedad del ambiente; de la iluminación; de si enferma o no; del tiempo variable de las veces variables que uno va al lavabo o a tomar café; o de yo que sé qué más. Analizar una actividad no es, jamás, un arrastrar fórmula pero sí, a veces, una fórmula de arrastrarse.

Las personas no pueden descifrarse con un Excel, querido. Y cuando sudas por tratar de que así sea, normalmente el sudor te huele a mala persona. Y el olor de una mala persona sólo se tolera si sudáis del mismo palo. Del palo que vais. Del palo que dais.

Una compañía es un estado emocional. Nunca una tabla dinámica.

Pero esto, el niño de la calculadora no llegó a aprenderlo nunca. Y así, en un estado de onanismo intelectual, este ególatra devoto de Caperucito acabaría viviendo el resto de sus días en una infinita referencia circular, enterrado por el peso de su propio Excel. Porque quien a Excel mata, a Excel muere.

Y si este cuento es una mierda es porque, a veces, la realidad puede superar a cualquier cuento.


PD: Nunca olvides que el lobo siempre será el malo, si siempre le preguntamos a Caperucito.