Mateo 27: 3-5


Machista, clasista, homófobo, vago, maltratador, chulo, engreído, estafador y ladrón. Así es como le recuerdo. Lo de ser analfabeto, quizás, fue lo único que no fue del todo mérito suyo. Y borracho. Eso también. Que yo creo que más que incinerarle, lo flambearon. Un auténtico miserable que no merecía ni el viaje para mearte encima de su tumba. Capaz de falsearle la firma a su hijo y robarle todo cuanto había construido a fuerza de esfuerzo. Setenta y cinco motos, trece coches y una furgoneta. Todo un negocio de alquiler de vehículos y taller. Le robó la vida entera, cuando todavía un garabato y gente de mala fe te permitía hacer esto.

Su mujer no era mucho mejor. Mientras su marido se dedicaba a falsear cartas, ella se encargaba de tirarlas. Sí. Era vidente y evidente que se dedicaba a engañar a pobres incautos. Porque, desde luego, vista tenía mucha.

En definitiva, dos verdaderos despojos humanos o lo que, desde un punto de vista meramente técnico, se conoce como dos hijos de la gran puta. Dios los cría y ellos se juntan.

La genética hizo el resto: los demás hijos, en lugar de reprobar los hechos, se dedicaron a re probar los resultados de su propio hermano, aprovechándose de todo lo que no era suyo durante décadas. Sin preguntar. Mirando siempre para otro lado. Con la mano siempre abierta y la boca siempre cerrada. Sin querer saber de dónde venían todas esas gracias. Ni puta gracia. Alimañas capaces de demostrar que un coche bien vale empujar a un muerto. Simples pirañas de bidé.

Una vez leí que había dos tipos de personas: los que prefieren comer bien y los que prefieren dormir bien. Y yo que pensaba que dormir bien no tenía precio, mira tú por dónde, para determinadas personas sí parece tenerlo. Y, la verdad, acaba siendo un precio de mierda.

Judas Iscariote traicionó a Jesús por treinta piezas de plata. Hoy en día, por poco más, resulta que hasta tu propio hermano podría hacerte lo mismo. Al menos Judas, viendo que Jesús había sido condenado, lleno de remordimiento, “devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? !!Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó” (Mateo 27: 3-5)
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