Somos un reflejo de nuestros
políticos y viceversa. La sociedad está condenada cuando al mando tiene un
conjunto de imbéciles bien organizados cuya aspiración máxima es el poder a
cualquier precio y percibir un salario de mando intermedio en una empresa digna,
sabedores que no superarían el período de prueba en ninguna de ellas. A duras
penas una carrera, sin idiomas ni experiencia en el mundo real como perfil
general, han entregado su alma a cambio de ampliar sus tragaderas. Son hijos de
la gran mentira vestida de cambio de opinión y del trilero de la bolita, eso
sí, con traje a medida.
Somos la nueva América, en la que
todo el mundo sin escrúpulo ninguno puede llegar a presidente. En la que todo
delincuente puede ocupar el piso de otro y vivir de una paga y donde el que la
hace, habitualmente no la paga. Un mundo en el que un portero de puticlub analfabeto
puede llegar a asesor de dos ministerios y en el que una cajera de súper puede
llegar a ninistra, con “n”. Incluso, si no te queda otra que la prostitución, puedes
llegar a vivir en un piso a coste cero en zona pija de Madrid con un curro tan
de trabajo a distancia que no te haga falta ni ir a currar. Puede que incluso
te den un curro que ni sepas deletrear en un sitio que ni sepas encontrar.
Recuerda, “no es magia: son tus impuestos”.
Y mientras tú, interesadamente lobotomizado
por las Redes Sociales, buscas cobijo en noticias fake o fuck de tu Pantone favorito que te
evitan pensar y te agarras con fuerza a la carta del “y tu más” para, con la
nariz tapada, tratar de sobrevivir a discusiones que te superan con esa suerte
del “rebota, rebota y en tu culo explota”.
Nos han abocado a la guerra de
colores y a decidir entre ultraderecha o ultraindigencia, sin que nadie sepa
definir qué es lo primero mientras nos han acostumbrado a lo segundo con ese marketing
de la pobreza al servicio del “no tendrás nada y serás feliz”, que se ha inventado
términos como “coliving”, “coworking” o “copropiedad” que hace que mole no
tener un duro mientras te piensan (por ti) que tienes mayor libertad.
Estos son quienes, en definitiva,
rigen tus designios.
Pues bien, he decidido que me
llevo todos mis ingresos (el 73% de los cuales -sí, has leído bien, el 73% - se
los quedó el Estado mediante impuestos -directos e indirectos- y tasas), a otro
sitio donde crea que se invierte mejor que en España. Lo reconozco, no es un
reto muy difícil. Me di cuenta cuando leí que el proyecto de “Control y
utilización del Prosopis juliflora en la zona de Liba integrados con la mejora
de los medios de subsistencia y la protección del medio ambiente” había
recibido del Gobierno 598.900€, a través de la AECID (Agencia Española de
Cooperación Internacional para el Desarrollo), precisamente, el mismo día en que
una persona muy cercana me explicaba, entre lágrimas, que su centro de salud le
denegaba la medicación que necesitaba para el estado grave de su Pénfigo “porque era muy cara”, así, en su puta cara
dicho y tras meses y meses de esperas e intenso dolor. Y en ese momento pensé:
será que el Prosopis juliflora bien vale que una persona que lleva más
de 40 años cotizados lleve meses entre horribles espasmos de dolor provocados
por sus enormes llagas y ampollas abiertas en todas las mucosas de su cuerpo.
Me voy con la música a otra parte
porque el otro día fui al teatro un domingo a las 12h del mediodía y cuando
salí del parking aquello parecía un zoo en el que nadie estaba ahí ni por
casualidad ni precisamente para pasar la mañana y porque no hay día en la que
no me levante con la lista de nuevos apuñalamientos por reyertas o por
simplemente robarte un móvil. Y si ya tienes amigos en la policía y te cuentan
lo que te cuentan, pues apaga y vámonos y, si puede ser, mejor no lo hagas en
tren por si faltan 42 metros de vía.
No hay ninguno bueno. Los voté a
todos (ya tengo una edad) y me arrepentí siempre. Por que la historia se repite
“urna” y otra vez.
Me voy. Y si de verdad queréis hacerme
un favor, como diría aquella, “irsus”.

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