Carmen

         [Foto de Pepo Pons]


Este escrito va dedicado a ti, Carmen. Seguramente no lo leerás nunca, al ser este un espacio muy minoritario y personalista, pero necesito escribírtelo, más allá de decírtelo siempre que puedo. Necesito hacerlo.

Para quien no la conozca todavía (lo siento por vosotros), deciros que Carmen es una profesional como la copa de un pino que, a través de una empresa externa, nos ayuda con las tareas de limpieza en la oficina en la que trabajo, si bien es, por encima de todo, una heroína anónima.   

Y es que, querida Carmen, pocas veces he visto una profesionalidad tan brutal como la tuya. Profesional en estado puro. Trabajar siempre sola, de noche, en un edificio fantasma y que la calidad de tu trabajo sea motivo de admiración día tras día, sin desfallecer, es digno del mejor de los reconocimientos.

Vas siempre más allá. Jamás te limitas a tu cometido, tratando la oficina como si fuera tu propia casa. Y para muestra, botones mil: me acuerdo que una vez se inundó la oficina y, tras las reparaciones, algunos zócalos quedaron "tocados". Pues bien, fuiste tú quien compró masilla y pintura y los dejaste como nuevo. Sin decirlo a nadie. Sólo admitiéndolo cuando te pregunté. 

Otro ejemplo y lección que me diste: se me estropeó la grapadora y yo, como buen hijo de la abundancia, la tiré y cogí otra. Y tú, siempre tú, la recogiste de la papelera, la arreglaste y me la dejaste encima de mi mesa, con un simpático mensaje, del que aprendí más que en muchos cursos que haya ido. Porque vivimos en un mundo donde, en lugar de esforzarnos en arreglar las cosas rotas, simplemente nos ocupamos de cambiarlas. Gracias por este aprendizaje, mi querida Carmen.

Y haces todo eso y más, doliéndote como te duele el cuerpo: la espalda, el pie, la mano y últimamente cefaleas, todo ello sin ser atendido adecuadamente por unos servicios sanitarios lamentablemente desbordados por la crisis sanitaria en la que, encima, estamos. Te duele. Y mucho. También lo sé yo. Pero jamás quisiste aceptar un "Carmen, déjalo, vete a casa por favor y descansa". Jamás una queja. Tu entereza, resiliencia y sonrisa constante a la hora de afrontar las fatalidades harían enrojecer al más bravo. Deberías ser una asignatura obligatoria en cualquier centro de estudios. Porque si además, cuento la vida que has tenido y a tantos a quienes has ayudado y criado, la traca ya es de fiesta mayor. Realmente, Carmen, no sé cómo lo haces.

Contigo a mi lado, quejarme me da vergüenza. Alabarte es una obligación.

Y sé que te lo digo siempre que puedo, pero no basta con decirlo. Hay que reconocerlo. Y sin duda lo haré, no sin antes dejar por escrito esto que aquí queda.
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