13, Rue del Percebe



Hoy me ha llamado el Administrador del bloque de pisos en el que vivo. Me ha dicho que Joaquín Torres, el vecino del quinto, le había comunicado su intención de separar su piso del resto para montar en él un club de alterne, para lo que necesitaría pintar la fachada exterior de su piso de color rosa y poner un cartel de reclamo en neón, así como muy llamativo, para atraer clientes a su nuevo negocio. También ha comunicado que deja de pagar a la Comunidad de Vecinos, como primera consecuencia de su voluntad de separar su piso del resto de los vecinos, si bien la estructura del bloque de pisos no sufriría ningún tipo de cambio adicional. 

Joaquín lleva viviendo en su piso durante toda su vida. Un piso muy bonito y de los más grandes de todo el bloque de viviendas, que cuenta diecisiete pisos en total. Al ser más grande que el resto y suponer un mayor gasto de mantenimiento, tiene un coeficiente de contribución más alto que el resto. Lo que durante cuarenta años no había pasado de un lamento, hoy era una negativa a contribuir a los gastos de escalera, sin reparar (o haciéndolo) que tanto Joaquín como su familia continuaban pisando el suelo comunitario, encendiendo las luces del rellano y utilizando el ascensor.

El Administrador me ha explicado que, para ser eso posible, deberían cambiarse primero diversas leyes, como la Ley de Propiedad Horizontal, de modo que acogieran esta posibilidad. También los estatutos de la propia Comunidad deberían adaptarse para habilitarse esta opción. Y, tras ello, todos los vecinos, afectados todos ellos, deberían tener la posibilidad de votar sobre esta posibilidad. Sólo así se consigue preservar la seguridad jurídica y evitamos que la ley se convierta en un menú, en el que uno cumple las leyes que le van a favor y no cumple aquellas que no le apetezcan.

Al parecer, esto no ha convencido al Sr. Torres, quien le ha dicho que, dado que su piso era suyo en propiedad y que en su casa vivían él, su mujer y sus siete hijos, pues que tenían derecho a decidir por sí mismos lo que aconteciera en su casa. Y que, además, cuatro de los nueve estaban a favor de montar el club de alterne. Que sí, que quizás no eran mayoría en número, pero que el voto favorable de él y de su mujer constituían una mayoría cualificada que hacían que, para él, fuera suficiente. Y que votar estaba por encima de cualquier cosa. Incluso por encima de la ley.

El Administrador le ha replicado que si bastara con eso, nada impediría que los vecinos votaran si quedarse con su piso o no y que, el resultado de dicha votación pudiera poner en entredicho su derecho a la propiedad. Imagínese -siguió el Administrador - que doce de los diecisiete propietarios deciden votar por su cuenta sobre si van a quedarse con su piso o van a dejar que usted continúe con su piso en propiedad. ¿Verdad que suena muy loco?. Pues bien, imagínese ahora que, de los doce que deciden votar por su cuenta, siete acaban votando que sí, que al final se quedan con su piso. Y que lo van a hacer en aras a la democracia. Porque no hay nada por encima de la democracia. Si eso fuera así - cerró el Administrador - el Sr. Torres podría - siguiendo el mandato popular - perder su vivienda en propiedad. 

La seguridad jurídica es, precisamente, lo que evita situaciones como estas. 

El Sr. Torres insistía en el mandato de las votaciones y en que votar es lícito, a lo que el Administrador le clarificó que la Ley va mucho antes que la Democracia. Que eso lo explican en primero de Sentido Común y el primer día de la Carrera de Derecho. Que no se puede votar algo que es ilegal. Porque lo que es ilegal es ilícito por definición.

Y cuenta la leyenda que todavía siguen discutiendo en plan "no me chilles que no te veo" mientras las nóminas van cayendo, inexorables y tan calladas...
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