La orquesta del Titanic


Cuenta la leyenda que la orquesta del Titanic seguía tocando mientras el buque se hundía. Como si no pasara nada. Y pringaron como la mayoría. Bien vestidos, bien comidos y calentitos, pero pringaron.


Cuando pienso en la orquesta del Titanic pienso en que se parece muchísimo a trabajar por cuenta ajena. Pienso en un contrato laboral. Porque cuando trabajas para por cuenta ajena es muy difícil ver llegar el iceberg. Puedes estar tranquilamente pensando en tocar la próxima canción (tu próximo proyecto, tarea...), en la oficina, con aire acondicionado, habiendo comido en la cantina o utilizando tus vales de comida, recibiendo tu nómina a final de mes...y no serás capaz de anticipar tu futuro. Ese que depende de un tercero. El que puede hacerte naufragar por una reestructuración, un ahorro de costes, una falta de confianza, una fobia, etc. Igual que en el Titanic: calentito hasta morir. 

Otros, en cambio, deciden bajarse del Titanic para coger un bote y remar. Emprender se le llama ahora. Que sí; que más inestable; que más inseguro; que en medio del océano de noche todo pinta más oscuro; que yo que sé...pero, al final, la barca la comandan ellos. Ellos sí controlan esa parcela de su vida y sí ven el iceberg e incluso, algunos, logran esquivarlo. Al final, siempre es más fácil virar un bote salvavidas que al Titanic. Es verdad que también es más fácil de hundir, pero incluso el más grande de los cruceros puede ser hundido si colocas al capitán equivocado, ¿eh, Schettino?. Porque, desengañémonos, Schettinos al mando de grandes empresas son como las meigas: haberlas, haylas.

En cualquier caso, sea cual sea el viaje que elijas, procura disfrutarlo. Jamás podrás controlarlo todo.

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