La importancia de llegar al frankfurt



Vida privilegiadamente loca, de esas de levantarse a las cuatro de la mañana y llegar a casa después de la Cenicienta. Vuelos, retrasos y esperas. Reuniones solapadas y vergonzantes récords donde se rozan los demasiados miles de emails que esperan pacientemente a ser leídos en tu bandeja del Outlook, mientras tus hijas se levantan a medianoche llamando a la canguro, porque asumen que tú no estás. Cuenta la leyenda que es el pequeño precio de la suerte.

Y es que me es inevitable sentir que el tsunami te centrifuga cuando te levantas por la mañana y no sabes dónde te encuentras. La primera comprobación tras abrir un ojo es estirar un brazo y comprobar que estás solo en la cama: ok, estoy fuera de casa, te dices. A los pocos segundos, la máquina empieza a funcionar y te ubicas pensando en lo desubicado que estás. Y ya después te ves pedaleando a tope en la rueda del hámster mientras reconoces obscenamente que, en el fondo, te diviertes. Y lo haces, sobre todo, por trabajar con quién lo haces. Porque a veces, éste es el único secreto.

Pero lo que te equilibra es, por encima de todo, la posibilidad de "encajar" un vuelo a una hora decente un viernes por la tarde para poder llegar clavado a las 21:05h a esa cerveza helada y a ese frankfurt con amigos y menestra de risas que nunca faltan. Eso que reconcilia con la vida y te hace pensar que por un momento eres dueño de la misma.

Llegar al frankfurt es conseguir un mínimo equilibrio en la marea de la vida. Conservar y disfrutar de lo esencial, manteniendo a raya al monstruo de lo accesorio. Llegar a ese frankfurt es hacer tablas con tu ajetreo tras una reñida partida y lo que debes continuamente preguntarte cuanto organizas el lío en el que vivimos.

Me gusta mucho la frase de Séneca "el gusto por el ajetreo no es diligencia" pero yo, que soy mucho más rural, me gusta llamarle "la capacidad que tienes de llegar a ese frankfurt".

Feliz fin de semana.


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