Contigo (coronavirus) aprendí



Contigo aprendí a valorar más la salud; a valorar lo que tengo, olvidándome por un segundo de lo que me falta, porque lo que me falta, en realidad, es valorar más lo que tengo.

Contigo aprendí que es tan importante el Ser, como el Estar. Porque estar, hay que estar y muchas veces no estamos para lo que hay que estar.

Contigo aprendí a bajarme de mi rueda de hámster y a comprobar que no pasa nada. Nada. Aprendí a que el que más corre, a veces, es sólo el que más se cansa pero no necesariamente el que más lejos llega.

Contigo aprendí que es posible (en muchas ocasiones) trabajar desde casa. Que ni soy Superman ni mi pijama tiene kriptonita que anule mi responsabilidad. Que si necesitas verme y tocarme para saber si trabajaré como el que más (salvo que tengas una miríada de personas reportándote directamente), es que no sabes quién soy. Que la confianza sólo admite un porcentaje: el 100%. 

Contigo aprendí que no es necesario hacer malabares para evitar (al parecer) riesgo (al parecer) mortal que un niño se aburra. Que es buenísimo que se aburra de vez en cuando. Que es buenísimo que se frustre y aprenda a convivir con ello; porque el aburrimiento y frustración son condimentos que saboreará muchas veces a lo largo de su vida.

Contigo aprendí a romper tabúes y mantras que históricamente parecían imbatibles, reyes del "esto no funcionaría nunca". Y a que hay crisis que crean nuevos paradigmas. Que una crisis es una desgracia para la mayoría y una gracia para unos pocos, entre los que me esforzaré en estar.

Y así tantas, aunque en el fondo me moleste haberlo aprendido contigo y no haberlo aprendido antes por mí.
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