"No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita"


Al analizar una Cuenta de Resultados (P&L en sus siglas en inglés – Profit and Loss –) debemos fijarnos en una serie de aspectos fundamentales, aunque si lo simplificáramos al máximo (que me perdonen los financieros) hablaríamos de tres “líneas” críticas. Tres datos con los que nos quedamos. Los tres apuntes que miramos también cuando miramos nuestra contabilidad familiar: ingresos, gastos y beneficio. Dicho en plan bruto: lo primero menos lo segundo te da el beneficio (o pérdida).


Si mantenemos esta ida en la cabeza y pensamos en cada uno de nosotros, quizás nos demos cuenta que el influjo del Capitalismo en las sociedades occidentales se ha premiado socialmente el que uno tenga cada vez más ingresos. El éxito social, profesional e incluso personal ha ido habitualmente asociado a éxito económico. Nuestra educación y consejos paternos han reforzado el mensaje de “estudiar para poder tener un buen puesto que te permita tener una vida acomodada”. Ganar más y más dinero. Cada vez más. Subir. Escalar. Promocionar. Es decir, maximizar los ingresos de la línea superior de una Cuenta de Resultados. Y más ingresos equivale a decir más gastos. Y más gastos, más compromiso. Y más compromiso, menos libertad. Y menos libertad, más angustia vital, que normalmente aplacamos efímeramente, como yonkies, comprando cosas; que a su vez significan más gastos; que quizás signifiquen más mantenimiento y éste, de nuevo más trabajo. 

Felicidades: ya estás subido en la “rueda del hámster”.

Lo que quiero compartir contigo es que creo que hemos puesto el foco en la línea equivocada. Por supuesto que los ingresos son necesarios, pero sólo hasta un punto a partir del cual lo importante pasa a ser la línea que media entre la de ingresos y la del beneficio; “la línea del medio”; la línea del gasto. Una de las claves del éxito reside en saber contener el gasto y en encontrar el mejor balance entre éste y los ingresos. En saber qué gasto me supondrá cada unidad adicional de ingreso para saber si me va a valer la pena. A partir de un determinado nivel de ingresos, hay que obsesionarse con el gasto (ojo, no confundamos con la inversión). Es increíble ver la cantidad de gastos inútiles que tienen las empresas. Estos gastos adoptan formas muy variopintas: malas negociaciones con proveedores; reuniones innecesarias y/o improductivas; consultores de bonitos proyectos imposibles y/o sin continuidad ni retorno ninguno; inversiones innecesarias, y así hasta completar una larga lista.

Tener un elevado nivel de ingresos y gastos significa vivir con una importante soga al cuello que te genera ansiedad por la posibilidad de perder fuentes de ingresos como el trabajo. Te hace vivir con miedo y, éste, a la vez, multiplica las posibilidades de convertir ese miedo en algo real (si piensas que van a despedirte, probablemente lo acabes consiguiendo). Y nos engañamos pensando en que otra vida no es posible…”con todos los gastos que tenemos”…

La Felicidad no va ligada a nivel de ingresos. Numerosos estudios hoy lo demuestran. Algunos incluso hablan de 60.000€ brutos/año como la cifra a partir de la cual cada unidad de ingreso adicional no va aparejada a un incremento proporcional de felicidad percibida. Porque, de nuevo: a partir de un determinado nivel de ingresos, no vas a tener nada que no tengas, sólo que más caro: un reloj más caro (reloj, probablemente ya tengas); un coche más caro (igual ya tienes uno); restaurantes más caros…¿Realmente te hace falta?; ¿comodidad o inseguridad?.

A veces, renunciar a parte de tus ingresos significa evitarte una parte mayor de gastos que pueda darte más libertad y más tiempo de vida (que es, sin duda, lo más importante y que no puedes recuperar). Te pongo un ejemplo cercano: tengo un buen amigo; casado; ambos con buenos y exigentes trabajos como ejecutivos; tres hijos escolarizados en un colegio privado tan bueno como caro; con necesidad de tener una canguro buena parte del día y una persona que realiza las tareas de limpieza. Todo supone una factura altísima. Pues bien, un día decidieron mudarse a un tranquilo y apacible pueblo de interior, donde no había posibilidad de consumir más allá de lo imprescindible y donde el colegio, público, sin tanto glamour, tenía un buen nivel. Esta nueva situación les permitió alquilar su actual casa y, a la vez, prescindir de toda una serie de servicios y personas, ahora ya no necesarias: redujeron elevadísimos costes e incrementaron ingresos mediante una fuente adicional (alquiler). Ello les permitió a uno de ellos dejar de trabajar para poder disfrutar más de la familia e hijos. Recuperaron el mando de su vida. Resultado: uno de los dos dejó de trabajar y, a la vez, consiguieron mantener un nivel de ingresos similar al que antes sumaban antes. Y encima en un entorno mucho más saludable.

Porque otra vida sí es posible.

Voy más allá: ¿Cuántas cosas tienes que no necesitas? ¿Cuántas que no usas?. Véndelas!. Ganarás algún dinerillo extra; ganarás espacio; ganarás tiempo que no desperdiciarás manteniéndolas y/o dedicándoles atención (hasta un montón de libros en un rincón acaparan en ocasiones tu atención). Antes de comprar algo nuevo, pregúntate si realmente lo necesitas. ¿Sabes todo lo que estás pagando en suscripciones que no usas?: date de baja!. Pregúntate si es realmente mejor comprar que alquilar: el futuro está en el disfrute, no en la posesión. Para lo primero no necesitas lo segundo. Piénsalo.

Piensa que quizás nos hayamos equivocado, obsesionándonos por maximizar nuestra “línea superior” de ingresos, cuando es más fácil minimizar la “línea de gasto” para obtener un mejor beneficio. Te propongo que cambies de chip…y de foco!

Hoy más que nunca me acuerdo de la frase, atribuida a San Agustín, y que recientemente ha popularizado en campaña publicitaria Ikea:


“No es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita”.
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